Su mirada se asomaba por el borde de la ventana. Sus sueños volaban libres, una noche más se acercaba y el se aprestaba a enfrentarla. Tomó su lanza, trepó altos árboles, luchó contra dragones y llegó allí, a su reino, de donde nadie podía sacarlo excepto esa maldita chicharra y la dulce voz de su mamá. Nunca entendería a aquellas personas que apuradas corrían y corrían sin parar. Los helados, los caramelos, la televisión...¿es que aquello era crecer?
Los ángeles lo saludaban, sus héroes le sonreían y alentaban, su mundo florecía y decaía a su placer. El tiempo y el espacio no existían, todo sucedía en su reino, ese fabuloso reino.
La chicharra suena, la voz de su mama ya está ausente, es hora de empezar otro nuevo día.